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martes, 11 de octubre de 2011

lunes, 23 de mayo de 2011

YES, WE CAN (Sexta parte)

YES, WE CAN (Quinta parte)

Pequeña muestra del civismo que dicen algunos que no tenemos...

YES, WE CAN. (Cuarta parte)

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror... Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, ¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!... Rubén Darío

viernes, 20 de mayo de 2011

YES, WE CAN (Tercera Parte)

Artículo 21. 1. Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa. 2. En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que solo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.

domingo, 23 de enero de 2011

De los primeros principios, o de la sucesión de imperios...

"Una disposición afortunada de las fibras del cerebro, una mayor o menor celeridad de la sangre, éstas son probablemente las únicas diferencias que la naturaleza establece entre los hombres. Sus espíritus, o el poder y la capacidad de sus mentes, muestran una verdadera desigualdad, cuyas causas no conoceremos nunca ni sobre ellas podremos razonar. Todo lo demás es efecto de la educación, y esta educación es el resultado de toda nuestra experiencia sensorial y de todas las ideas que hemos sido capaces de adquirir desde la cuna. Todos los objetos que nos rodean contribuyen a esta educación; las instrucciones de nuestros padres y de nuestros maestros sólo son una pequeña parte de ella."
Turgot, 1750.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Virgencita, que me quede como estoy? No, gracias...

A veces hay decisiones importantes que hay que tomar con un pequeño margen de tiempo. Elecciones que conllevan riesgos, siempre asumibles, y que se presupone se hacen para cambiar a mejor. Me contaba una amiga de una amiga, que llevaba una semana "flirteando" con otro. Tenia un matrimonio estable (dentro de lo que es posible en un matrimonio), llevaban dos años y pico y parecía que había grandes posibilidades. Pero le faltaba algo. Ella, inconformista por naturaleza, sentía que era poco lo que el mundo le ofrecía y quería más. No estaba dispuesta a que lo más emocionante de su vida fuera colorear sus labios de rojo ruso.
Un día llegó a su oficina, casi una hora más tarde de lo habitual a causa de un atasco, y se lo planteó directamente a su jefe. "Si tienes un momento, me gustaría hablar contigo. Es personal, es urgente y tengo que comentarlo contigo hoy sin falta". Él, con los aires de superioridad que le caracterizaban, puso cara de interesante y le indicó que pasara. Cerró la puerta tras de sí y tomó asiento. "Hace tiempo que vengo pensando que necesito un cambio. Me siento estancada y esta relación laboral no me aporta satisfacción. Mis condiciones no mejoran y tengo una oferta, que me interesa y mucho." Su jefe, asintió con la cabeza, mostrando la empatía que jamás había demostrado antes y sin mirarla a los ojos le comentó: "Es una pena, a partir del mes de enero íbamos a mejorar tus condiciones: cobrarías lo que te corresponde por convenio según tu categoría, trabajarías el total de horas establecidas y ni una más, y pasarías, tras dos años y medio, a la situación de indefinida en la empresa". Ella, sin dudar ni un segundo y de buenas maneras, pero sin evitar añadir cierto toque de ironía comentó: "No lo dudo, pero no me interesa, gracias".
Se levantó de la silla, abrió la puerta con energía y se sintió libre. Llegando al despacho de recursos humanos, simplemente se despidió, ante el asombro (con algo de admiración) de sus compañeros. Cogió sus cosas, dejó su odiada Blackberry, y se marchó, sabiendo que no los echaría de menos, y convencida de sí ocurriría a la inversa. Enfrente del ascensor, esperaba a bajar de las alturas, a la vida real, apretando el botón de planta baja. Una vez salió a la calle, soltó una carcajada y montó en el coche, que estaba por cierto mal aparcado. Encendió el pitillo de la victoria y puso la radio. Y mientras volvía a pintarse los labios con rojo más soviético que nunca sonaba Iron Maiden.