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miércoles, 6 de julio de 2011

Todos somos Miguel Angel...

Hace catorce años, ese mismo día era sábado. Tras acabar el instituto con unas notas no demasiado brillantes, y con las mates como compañía eterna durante casi todos los veranos, realizó un viaje con su familia a la playa. Su carácter, difícil por naturaleza, y acentuado por lo que llaman "edad del pavo" se hacía insufrible (eso decía su madre, aunque a él le parecía que no era para tanto), junto con un calor particularmente acusado en la costa blanca.
Solía ir solo, con la única compañía de un discman, a pasear por la playa. Y hacerse preguntas sobre temas sin importancia: ¿cuando saldrá el próximo Warcraft? ¿qué harán hoy las chicos? ¿estará Alba en la piscina con su bikini azul cielo? ¿Cómo demonios funcionan los neumáticos de lluvia? Cosas de los 16, o eso dicen.
Después de comer, acudieron como siempre a la playa para tomar un baño. Dicen que es la peor hora por los rayos UV y los posibles cortes de digestión, esos de los que se advierte en todos los telediarios desde el mes de junio hasta casi octubre. Pero era una hora como otra cualquiera. Él, distraido, fue a darse un baño, tras una buena ración de filetes rusos y un generoso vaso de salmorejo (receta especial de su madre). El agua estaba buenísima. Limpia y fresca. Sin espumas ni algas, ni restos humanos, aparentemente, de ningún tipo. Incluso cerca de las rocas, el agua rompía con fuerza y podían verse pequeños bancos de peces, tratando de alimentarse. Cuando salió del agua, se dirigió a la sombrilla "arco iris" y se tumbó al sol. Tiritaba. El agua estaba fría y se agolpaba en pequeñas gotitas empapando el bañador vaquero comprado en las rebajas, y que tardaba una eternidad en secar.
Su padre, con el transistor en la mano, parecía tranquilo. Incluso a punto de iniciar una de sus siestas. Pero de repente se levantó, se cubrió la cara con las manos y sólo pudo decir: "Lo han hecho, es increible". Eran cerca de las cinco de la tarde.
El chico se acercó y sorprendido preguntó: "¿Qué te pasa? ¿Qué han hecho? ¿A quienes te refieres?". Sin mediar palabra, el padre comenzó a recoger todo el campamento. Cuando casi había terminado, llegó la madre con la pequeña, se miraron y decidieron que era el momento de irse.
El joven adolescente no entendía nada, pero no dejó de preguntar durante el tiempo que pasó hasta que llegaron a casa. Una vez allí, siguió preguntado y se dió cuenta de que no estaba en el mundo. Estaba sí, pero no "del todo". Recogieron todas las cosas porque el fin de semana había terminado para todos ellos. De camino en el coche, el chico seguía preguntando, ávido de una información que estuvo largo tiempo a su alcance, pero que nunca se había interesado en asimilar. Entrando en Sevilla podía hacerse ya una pequeña idea de lo que ocurría, aunque entendió que era un comienzo. Su comienzo.

domingo, 23 de enero de 2011

De los primeros principios, o de la sucesión de imperios...

"Una disposición afortunada de las fibras del cerebro, una mayor o menor celeridad de la sangre, éstas son probablemente las únicas diferencias que la naturaleza establece entre los hombres. Sus espíritus, o el poder y la capacidad de sus mentes, muestran una verdadera desigualdad, cuyas causas no conoceremos nunca ni sobre ellas podremos razonar. Todo lo demás es efecto de la educación, y esta educación es el resultado de toda nuestra experiencia sensorial y de todas las ideas que hemos sido capaces de adquirir desde la cuna. Todos los objetos que nos rodean contribuyen a esta educación; las instrucciones de nuestros padres y de nuestros maestros sólo son una pequeña parte de ella."
Turgot, 1750.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Virgencita, que me quede como estoy? No, gracias...

A veces hay decisiones importantes que hay que tomar con un pequeño margen de tiempo. Elecciones que conllevan riesgos, siempre asumibles, y que se presupone se hacen para cambiar a mejor. Me contaba una amiga de una amiga, que llevaba una semana "flirteando" con otro. Tenia un matrimonio estable (dentro de lo que es posible en un matrimonio), llevaban dos años y pico y parecía que había grandes posibilidades. Pero le faltaba algo. Ella, inconformista por naturaleza, sentía que era poco lo que el mundo le ofrecía y quería más. No estaba dispuesta a que lo más emocionante de su vida fuera colorear sus labios de rojo ruso.
Un día llegó a su oficina, casi una hora más tarde de lo habitual a causa de un atasco, y se lo planteó directamente a su jefe. "Si tienes un momento, me gustaría hablar contigo. Es personal, es urgente y tengo que comentarlo contigo hoy sin falta". Él, con los aires de superioridad que le caracterizaban, puso cara de interesante y le indicó que pasara. Cerró la puerta tras de sí y tomó asiento. "Hace tiempo que vengo pensando que necesito un cambio. Me siento estancada y esta relación laboral no me aporta satisfacción. Mis condiciones no mejoran y tengo una oferta, que me interesa y mucho." Su jefe, asintió con la cabeza, mostrando la empatía que jamás había demostrado antes y sin mirarla a los ojos le comentó: "Es una pena, a partir del mes de enero íbamos a mejorar tus condiciones: cobrarías lo que te corresponde por convenio según tu categoría, trabajarías el total de horas establecidas y ni una más, y pasarías, tras dos años y medio, a la situación de indefinida en la empresa". Ella, sin dudar ni un segundo y de buenas maneras, pero sin evitar añadir cierto toque de ironía comentó: "No lo dudo, pero no me interesa, gracias".
Se levantó de la silla, abrió la puerta con energía y se sintió libre. Llegando al despacho de recursos humanos, simplemente se despidió, ante el asombro (con algo de admiración) de sus compañeros. Cogió sus cosas, dejó su odiada Blackberry, y se marchó, sabiendo que no los echaría de menos, y convencida de sí ocurriría a la inversa. Enfrente del ascensor, esperaba a bajar de las alturas, a la vida real, apretando el botón de planta baja. Una vez salió a la calle, soltó una carcajada y montó en el coche, que estaba por cierto mal aparcado. Encendió el pitillo de la victoria y puso la radio. Y mientras volvía a pintarse los labios con rojo más soviético que nunca sonaba Iron Maiden.